Tuesday, February 9, 2010

La desidia de la gente contrastaba con la voracidad del olvido,

que poco a poco iba carcomiendo sin piedad los recuerdos.
Gabriel García Márquez

Y así, el hombre se volvió pez de un solo charco, pájaro encerrado en jaula de oropel...

Confundido por el remolino del tiempo, harto de su desamparo, cansado de ser como es, hundido en una cultura que no comprende y en la que intenta encajar con frustrados esfuerzos.

Así es como el hombre y la mujer de Anáhuac se transformaron hasta casi desaparecer.

Largo proceso de destrucción y despojo de nuestros pueblos, hoy, la historia se repite de una manera tan absurda que parece una burla de la ironía. Su incongruencia es reflejo del fuego con que quemaron los libros sagrados, del acero que perforó la tierna piel del Cemanahuac.

El danzante, guerrero de tantas conquistas, está vencido por la incongruencia de sus actos. Se ha ladinizado tanto que ahora es él el que mira con indiferencia a los pueblos indígenas, legítimos herederos de la cultura de los antiguos habitantes de Anahuac.

Con sus manos trabaja la flor, con sus vísceras la marchita.

Con su voz eleva el dulce canto de la veneración antigua, pero lo quiebra con su vanidad, indisciplina y debilidad por los excesos de occidente.

Hoy el danzante ha desamparado a su madre, estéril en la soledad que provoca su incongruencia.

Así, el hombre y la mujer toman la cultura rescatada, la adaptan, la deforman, la ponen al día haciendo de la tradición negocio, y del negocio una tradición de aquellos que la miran confundidos por siglos de cínica insistencia.

Y allá, a lo lejos, esperan las flores. Esperan con un dejo de tristeza los pies que las volverán camino. Camino florido, camino espinado.

No queda mucho tiempo. Estén alertas. Dentro de poco el hombre común será parte de una encrucijada de sentimientos. Odio, intolerancia y sus violentos hijos, que, cansados de ser siempre los culpables, tomarán forma humana para no volver jamás al día en que decidieron nacer.

Pero hay esperanza. Nuestros cantos, nuestras flores deberán ser esparcidas con el amor del ejemplo.

Que el respeto no sea meta sino camino. Que la veneración sea guía, el compromiso menos, la conciencia más y que los hombres y mujeres rezumben como latido de un mismo corazón.

Que el colibrí que nos amanece cada día lo haga sin la tristeza de quien ve a sus hijos enfermos de codicia.

¿Qué verá el Sol que mañana nacerá? ¿Qué será de aquellos que viven en la tierra?

“Al menos dejemos flores, al menos dejemos cantos”. Nosotros somos la flor, la vida, el canto. ¿Qué canto dejaremos al irnos?.

Si como bellas rosas compartimos el destino de florecer y marchitarnos, apresurémonos a aprender y transmitir la vida florida: la cultura de nuestros abuelos.

¡Mexicanos! Descansen el chimalli y la filosa lanza de obsidiana. Empuñen el espejo humeante y dejen que les muestre la cara de su incongruencia. Que águila y jaguar se sumerjan en la batalla de la introspección. Que se desprendan del parásito que les envuelve la conciencia. Aquel al que alimentamos con nuestra mentira, crueldad, ambición y deslealtad, néctar de la desarmonía.

Huehuetlacatl, toma con amor los ritos del pasado. Trata con cariño y veneración al Huehuetl que se pudre en el latir de un ritmo que no es el suyo.

Popocihuatl, eterna princesa de luz: nunca el fuego inhalará malas miradas. Que nunca más muera evocando, entre suspiros, la gloria de mejores tiempos. Tú eres guía, tú eres luz, eres tea. Nunca te has de apagar. No te obscurezcas.

Danzantes, nuevos guardianes de la tradición, no nos estanquemos en el recuerdo del esplendor de primaveras pasadas. Es hora de que el Sol nuevo vea sus collares de jade, sus plumas preciosas cuidando y venerando a su madre para que fructifique, respetándose, y en humilde silencio entonando sus manos al son del trabajo y la disciplina.

Es momento en que el Sol vuelva a la risa, al sueño viendo que su sangre, su retrato se esfuerza por dejar atrás el polvo, la basura.

Sudemos limpio, seamos luz, jade brillante, pluma preciosa, tea incansable. Que los excesos regresen de donde vinieron. Que la tradición que es para nosotros gran tesoro, que es jade, que es turquesa, nunca se acabe ni deje de parir hijos dignos y puros.

Y al final, el hombre y la mujer de Anáhuac, todos por igual, cola y ala, mano y pie, decidieron regresar al origen -antes lo hicieron, después lo volverán a hacer-, desatando nudos, quitando velos, “festejando el cuerpo”. La dualidad.

Tan sólo somos flor de un sólo día. Seremos jades, seremos anchos plumajes de papagayo, azules guacamayas luciendo sus corolas, preciosos colibrís que, al final, no dejaran mas que su palabra, su flor y su canto.

Luis Acatzin Arenas Fernández
Calpulli Tonantzin Coatlicue
Calpulli Anahuacayotl
Tlaxcalanzingo, Puebla
aca_capi9@hotmail.com

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